TODOS VAMOS A MORIR
TODOS
VAMOS A MORIR
No
creo que haya una sola manera de acercarse a la verdad. Siempre he pensado que
aquellos que se arraigan a algo suelen acabar estancados. Siempre fui más de
Heráclito que de Parménides. La vida como ya nos relataba en sus coplas Jorge
Manrique es el río que va a parar a la mar. Siendo la mar el final de la vida: la
muerte. Me hace gracia pensar que del total de cosas que sabemos un 99% no lo sabemos
con certeza absoluta. De hecho esta ha sido una de las batallas que hemos
tenido los filósofos a lo largo de la historia. ¿Qué podemos conocer con
seguridad? ¿Qué podemos saber con seguridad? Descartes, Kant, Malebranche,
Spinoza, etc., y demás pensadores modernos dedicaron sus vidas a resolver esta
cuestión. Me parece que perdieron el tiempo.
Es
sorprendente. Ni siquiera tenemos absoluta certeza de si el cielo es azul. Si
el agua que vemos es real o un espejismo como los que se ven en los desiertos. Quién
me dice a mí que no me encuentro en una caverna platónica, viendo sombras y sin
saber cuál es la verdad. Nadie puede demostrarme lo contrario. Este estilo de
escepticismo es un clásico, y aunque pudiese seducir la idea a algún que otro
ignorante que carezca de esperanza y de fe en la vida, le diré que no importa.
Que igual tiene razón con eso de que no podemos estar seguros de nada y que
vivimos en un mundo de sombras. Pero que si hay algo que sabemos con certeza, esto
es el 1% restante, el verso que sigue al de “nuestras vidas son los ríos…”, es
la muerte.
Así
es, de lo único de lo que estoy absolutamente seguro es que voy a morir. Esa es
mi verdad. Cuando uno repara en esto, por un momento el tiempo se detiene.
Observa cómo se marchita todo y que no puede hacer absolutamente nada para
remediarlo. Generalmente se cae en depresiones. Llegados a este punto el hombre
solo puede seguir dos caminos: el del nihilismo o el del vitalismo. Adoptar la
postura nihilista suele ser lo común entre los jóvenes. Y hoy en día más que
nunca. Pues vamos como robots a las discotecas y bebemos sin propósito. Con el
único objetivo de dejar de saber que estamos aquí. Lo justo para no matarnos
pero lo suficiente para desprendernos de todos nuestros pensamientos. El nihilista
sabe que llegará la muerte, pero no se preocupa por ella. Vive sin propósito,
esperándola, para, llegado el momento, recibirla como una vieja amiga. Esto
sinceramente me parece muy cobarde. Y sobre todo un autoengaño terrorífico.
Por
otro lado tenemos al vitalista. Aquí tengo que aclarar que no me refiero al
término clásico que se les ha atribuido a diferentes autores de siglos pasados
como Nietzsche o Schopenhauer u Ortega mismamente. Por vitalista se entiende
aquí a aquel hombre que también conoce la muerte, pero, sin embargo, no la
evita ni trata de olvidarla, sino que vive con ella. Ella misma se convierte en
su propósito. Aquel que entiende la muerte no como el final sino como el
comienzo. Aquel que no teme morir porque tiene causas por las que hacerlo.
Aquel hombre de fe que persigue la verdad. Aquel que no temería morir por salir
de la caverna. El vitalista es filósofo. Por esta razón la filosofía es la más
importante de las ocupaciones: la eterna búsqueda y contemplación de la verdad.
Lo
malo de la mentira es que tarde o temprano cojea. Lo bueno de la verdad es que
tarde o temprano ve la luz. No tengamos miedo a esperarla.

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